domingo, 14 de junio de 2009

El celibato en el sacerdocio, un aspecto de constante debate


Entre quienes lo cuestionan dicen que debería ser opcional y que el sexo es un instinto natural. Fue ratificado en 1971.

Por Gisela Manoni

Orígenes y fundamento

"Un don de Dios". "Una situación antinatural que genera diversos trastornos". "Una entrega total al servicio del Señor y del prójimo". "Un mecanismo para asegurar el control y orden dentro de la estructura eclesial". El celibato sacerdotal suscita las definiciones más diversas, según quien las esboce. Pese a que la Iglesia ratificó su postura en el sínodo del ?71 y no hay señales de que retome la cuestión, el debate nunca menguó.

Al contrario, se recrea constantemente, como sucedió en el último tiempo con la paternidad comprobada del presidente y ex obispo Lugo, con el caso del cura del barrio Santa Ana que dejó los hábitos porque estaba enamorado y esperaba un hijo o con la reciente imputación al padre Grassi.

Con el fervor de las primeras comunidades, San Pablo decía a su gente "...el célibe se ocupa de los asuntos del Señor..., mientras que el casado de los asuntos del mundo? y está dividido".

En su evolución histórica, la Iglesia católica fue obedeciendo a este consejo hasta reglamentarlo definitivamente en el siglo XII. Desde entonces, el celibato sacerdotal no ha perdido vigencia, pero tampoco ha dejado de recibir cuestionamientos.

Desde su experiencia personal, un cura mendocino que dejó el ministerio hace unos años por disentir con ciertas disposiciones eclesiales y pidió expresamente la reserva de su identidad, opinó que el celibato "debería ser opcional". "La sexualidad es necesaria y no hablo de la genitalidad, sino de la contención emocional y el complemento que significa una mujer en la vida del hombre. Reprimir eso se vuelve muy pesado", expresó.

Si bien los consagrados coinciden en lo difícil que es renunciar a la idea de formar un hogar, dicen que esto sólo puede entenderse desde la fe y el amor.

"La vida celibataria es un sí de amor y de disponibilidad total a Dios, al anuncio del Evangelio y al servicio a los hermanos", resume el padre Marcelo De Benedectis, vocero del Arzobispado de Mendoza. El cura descarta que este ?don' implique "egoísmo o desprecio al matrimonio o una imposibilidad de asumir a la vez las cargas de la vida familiar y laboral".

También niega que sea una de las causas de la escasez de vocaciones. "La experiencia histórica demuestra que no es así. Pasó con la iglesia anglicana, que permitió el casamiento de sus ministros y no percibió ningún incremento de las vocaciones. No va por ahí", consideró De Benedectis.

Conscientes de las dificultades que generan, los votos de castidad se hacen recién con el Diaconado, en el 8vo año de formación. "El celibato es uno de los temas que más nos planteamos en el Seminario. Hay momentos de diálogo comunitario y personal. Antes de ingresar, nos hacen test psicológicos y otros al pasar a la etapa teológica", comenta Horacio Day.

El seminarista cuenta que enfrentó el debate apenas se planteó ser cura, pero hoy espera con ilusión la ordenación y dice abraza convencido la pobreza, la obediencia y el celibato.

En la vereda del frente, el psiquiatra Benigno Gutiérrez manifestó "no es una contradicción ser sexuado y creyente, el celibato es más un tema de la organización de la Iglesia, una forma de sostener control y el orden. Desde sus orígenes, las religiones católica y judía han intervenido mucho en la esfera íntima".

Según el especialista, la represión de este instinto natural, suele explotar por algún lado. "El no dar curso a la sexualidad, en algunos casos puede derivar en trastornos (ansiedad, cuadros obsesivos, etc.)", apunta. Sin embargo, Gutiérrez advierte que no se puede culpar al celibato de desviaciones patológicas, como la pedofilia.

"Esta intervención en lo íntimo, le ha permitido una fuerte cohesión a la estructura eclesial, pero también le trajo dolores de cabeza, pues ayuda a que se oculten en ella personalidades fanáticas. La religión y la política son los ámbitos que más las atraen, porque son instituciones dogmáticas, con ideas sobrevaloradas", opinó.

De Benedectis dijo que estas aberraciones vienen con las personas y ocurren tanto como en la vida familiar, "sólo que un cura que da su vida por sus hermanos no es noticia, como la mamá que cumple con su deber diario".

Si bien reconoció que los últimos hechos causan mucho dolor y golpean a la Iglesia, dijo que "no ponen en duda el valor del celibato". Éste sí se discutió en el Sínodo de 1971 y los obispos votaron 168 a 10 a favor de continuar con esta exigencia.

"Fue en una época de revisiones profundas como el post concilio y la llegada al mundo moderno. Si entonces se desestimó, hoy ni siquiera existen razones ni se vislumbra que se vuelva a dar ese debate", consignó De Benedectis.

Por su parte, el padre Vicente Reale resumió: "El celibato o la virginidad deben ser opciones personales de vida, no sólo al interior de las confesiones, sino también en las personas singulares, en vistas a la realización de su proyecto de vida como varón o mujer. La obligatoriedad para los sacerdotes católicos de rito latino es una norma jurídica, no un dogma, por lo que puede ser modificada cuando la iglesia latina lo crea conveniente".

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