martes, 3 de julio de 2018

EL ETERNO PROBLEMA

“Pertenecer a una comunidad es, ciertamente, un derecho del individuo pero en modo alguno un deber; las comunidades son bienvenidas en el seno de la democracia, pero sólo a condición de que no engendren desigualdades e intolerancia" - Tzvetan Todorov (Historiador y filósofo búlgaro-francés)

Por César Valdeolmillos Alonso

En su última reunión, la Unión Europea ha demostrado ser incapaz de articular una respuesta global al grave problema de las migraciones masivas que los países miembros tienen planteado.

En las reflexiones que bajo el nombre “La búsqueda sin fin” hice sobre los masivos movimientos migratorios, solo pretendía poner de relieve las causas que los originan y el drama humano y personal que los mismos constituyen para las víctimas de los mismos.

Solo aquellos pequeños colectivos que jamás salieron de su terruño y permanecen esclavos de su pasado antropoide desconocen los contradictorios sentimientos y emociones de la emigración. Los demás, la inmensa mayoría de los humanos, antes o después, con mayor o menor intensidad, todos hemos pasado en alguna ocasión por el mismo trance de hallarnos perdidos y desamparados en medio de ese agujero negro que es lo desconocido.

En un plato de la balanza, sin duda hemos de poner los valores por los que merecemos el calificativo de humanos: la solidaridad, el respeto a la vida, el amor a la libertad y la hospitalidad. En el otro, la cordura y la sensatez. Del equilibrio de ambos, el fiel de la balanza nos indicará cómo debemos recibir hoy y aquí a los emigrantes.

Sin duda sería un suicidio caer en la trampa de un falso buenismo e ignorar los desajustes, desequilibrios y tensiones que en cualquier sociedad produce la actual llegada masiva de inmigrantes con distintas tradiciones, culturas y religiones a los países considerados más adelantados.

La emigración es una realidad consustancial con el género humano y por tanto siempre ha estado presente en nuestro devenir. No hay ninguna razón para pensar que este escenario vaya a cambiar en el futuro. Por el contrario, en una época en la que la tecnología permite tener conocimiento de los hechos de forma inmediata, lo previsible es que ello estimule el flujo de los colectivos más desfavorecidos hacia latitudes teóricamente más prometedoras.

Teniendo en cuenta que más que la atracción del brillo de nuestro relativo estado de bienestar, es la negritud que dejan tras de sí la que les empuja, de poco servirán los controles, las vallas, los muros y las negativas de los gobiernos para detener las incontenibles mareas que se seguirán produciendo en esta dramática lucha por la subsistencia.

Dado el drama personal que siempre constituye romper con las raíces para encarar un futuro más que incierto y de seguro muy problemático, no hay que ser Albert Einstein para poder asegurar sin miedo a equivocarnos que si mejorasen las condiciones de vida en su país de origen, la mayoría de los que hoy arriesgan sus vidas, preferirían quedarse en su tierra.

A cualquiera se le ocurre que la mejor manera de acabar o al menos agostar esta sangría humana, es ayudar al desarrollo de los países con un fuerte índice de emigración. Claro que ayudarles, no es enviar la manteca que no se puede exportar a quien no tiene medios para conservarla. Eso es demagogia de cara a la galería y hacerse trampas jugando al solitario.

Ayudarles por supuesto no es entregar a sus gobiernos material militar de deshecho a cambio de que estos permitan la implantación en sus territorios de las grandes multinacionales que explotarán —yo diría más bien expoliarán— las materias primas de los mismos en condiciones leoninas para terminar por dominar su economía y condicionar su desarrollo a medida de sus intereses.

Ayudarles es no fomentar una política proteccionista que prive de mercados a las materias primas que son el único recurso que tienen los países generadores de la emigración masiva.

Ayudarles es fomentar en sus propios países la sanidad, la educación, las comunicaciones y los medios de producción.

Me parece indecente y obsceno alardear de solidaridad con una mano, cuando con la otra, no solamente no se les ayuda a desarrollarse, sino que se les ponen todas las trabas e impedimentos para que consoliden un Estado auténtico que garantice el reparto mínimamente equilibrado de las riquezas nacionales y los derechos que les permitan disfrutarlas con cierta seguridad de futuro.

El tratamiento de la inmigración con un sentido profundamente humanista no es incompatible con su regulación. Es suicida practicar la política del falso buenismo de puertas abiertas o de aquel “papeles para todos”. Además de un coste económico insostenible para el Estado, ello generaría unas tensiones sociales extremadamente peligrosas por causa de la colisión abrupta entre formas diferentes de concebir la existencia, costumbres y tradiciones —a veces ancestrales— y religiones.

Sin duda una política de falsa generosidad, nos conduciría a un descontrol de incalculables consecuencias o a la creación de guetos, reservas, campos de concentración o como les queramos llamar, en los que anidaría indefectiblemente todo lo peor que es capaz de generar una sociedad no estructurada y sin proyecto conjunto que oriente su futuro.

Esa situación es la que desean que se produzca los traficantes de carne humana, los esclavistas que buscan mano de obra en condiciones miserables y los agitadores xenófobos ultra nacionalistas.

Es incuestionable que todo ser humano necesita un medio de trabajo para subsistir. Las subvenciones bajo ningún concepto son la solución, y además de humillar y socavar la dignidad de cualquier ser humano, crean agravios comparativos entre los grupos sociales, semilla que hace fructificar unos prejuicios que fácilmente terminan por convertirse en xenofobia.

De no recibir subvención y carecer de un puesto de trabajo, los inmigrantes sufrirán el triste destino de los sin papeles a los que se entrega a las mafias por falta de protección laboral.

Caso aparte es el de los delincuentes y terroristas extranjeros que vienen a buscar en nuestro país campo abonado para sus fechorías al amparo de estas mareas migratorias.

Al igual que cuando quien se beneficia de la hospitalidad ajena tiene que aceptar las normas, usos y costumbres de quien le recibe, los inmigrantes han de aceptar y respetar las leyes y normas de convivencia del país que los acoge como requisitos indispensables para su integración en la nueva sociedad en la que han de convivir. Y por supuesto no tienen el menor derecho a tratar de imponer aquellas costumbres y creencias propias de las sociedades de las que proceden y han huido, sobre todo cuando son contrarias al orden jurídico y tradiciones del país que les acoje.

Desgraciadamente, el pueblo español aún conserva vivas las heridas procedentes de la soflama demagógica basada en la quimera —al menos por ahora— de la tan cacareada multiculturalidad y la alianza de civilizaciones, aunque quienes tienen el poder insisten en seguir ignorándolas.

César Valdeolmillos Alonso



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