domingo, 2 de agosto de 2009

¿Hacia dónde nos llevará la transición?

Si entendemos por "poder" la capacidad de decidir el rumbo de la nación, Néstor Kirchner ya lo ha perdido. Si entendemos por "poder residual" la capacidad de influir en la determinación de quiénes serán los próximos titulares del poder, Kirchner todavía lo conserva.

Por Mariano Grondona

Puesto a buscar el próximo titular del poder, nuestro país ya ha iniciado un período de transición cuyos principales protagonistas serán el "peronismo disidente" de Carlos Reutemann, Francisco de Narváez, Felipe Solá y Mauricio Macri, sin descontar la influencia discreta pero gravitante de Eduardo Duhalde, y el "panradicalismo" de Julio Cobos. A esta presencia de los opositores más destacados habría que agregar el "poder residual" del propio Kirchner. ¿Cómo lo usará?

El poder residual del ex presidente se parece al de un empresario en quiebra. Si no es fraudulento, dejará actuar a la Justicia. Si es fraudulento, tratará de beneficiar a algunos acreedores en detrimento de otros. Según esta metáfora, el declinante Kirchner conserva dos opciones. Si es racional, irá dejando gradualmente el poder en manos del rival que pruebe ser al fin el más apto para sucederlo. Si no lo es, embarrará la cancha de la sucesión para minimizar su fracaso aunque sea a costa del país. Si éste llega a ser el caso, a los argentinos nos esperan penosas jornadas.

Imaginemos por un instante que Kirchner decidiera actuar de una manera racional, pensando en el país antes que en sí mismo y facilitando por consiguiente la gobernabilidad a su sucesor. Para cumplir este elevado propósito, tendría que ir cediendo poco a poco el paso a sus opositores que están por controlar el Congreso y habilitando oportunamente las elecciones internas y abiertas de las cuales saldría la competencia decisiva entre los candidatos llamados a reemplazarlo. Esta auspiciosa perspectiva, ¿es algo más que una utopía? Dos obstáculos se interponen, en todo caso, para que ella resulte probable. Uno es el carácter del ex presidente. El otro es su ideología.

La ambición y el error

Hablemos primero del "carácter" de Kirchner. Para él, "ganar" consiste en que los demás pierdan. Su visión de la lucha por el poder es "destructiva" porque no la concibe como un proceso a través del cual los competidores se suman en dirección de una democracia volcada al diálogo, rodeando después a la fuerza vencedora con el calor del pluralismo y la posibilidad de una pacífica rotación, que es lo que sucede en democracias "normales" como la brasileña, la uruguaya o la chilena, sino como una batalla a todo o nada que deja el campo poblado de cadáveres políticos. Si para Kirchner "vencer" significa que los demás sean derrotados, como lo mostró a través de su pulseada irracional contra el campo en la que éste también perdió sus altos niveles de producción, todo permite pensar que buscará antes que nada dividir y desgastar a sus adversarios hasta dejarlos inhábiles para gobernar porque la victoria de ellos resultaría, en definitiva, pírrica. Si el próximo titular del poder ya no va a ser él, el objetivo de un Kirchner consecuente con su carácter sería que lo suceda un gobernante privado de gobernabilidad, un nuevo De la Rúa, con la idea de que, cuando éste cumpla su mandato, el kirchnerismo esté en condiciones de acusarlo por un fracaso equivalente al suyo.

El obstáculo "ideológico" a una ordenada transición consiste por su parte en la visión de la economía que tiene el kirchnerismo o, con otras palabras, en lo que los Kirchner llaman el modelo. El problema es que el "modelo" ignora la versión moderna del capitalismo, propia de las democracias exitosas. En ellas, el concepto decisivo es la inversión. Una economía moderna apunta a distribuir los resultados del desarrollo. Para que sea posible la distribución es necesaria, empero, la acumulación. Si la producción de un país como el nuestro se asemeja a un alfajor, es prioritario que, a la hora de distribuir, ya se esté convirtiendo en una torta.

En el "modelo" kirchnerista, al contrario, lo prioritario es la distribución inmediata del alfajor. Ella ha ocurrido "en nombre de" pero no "para" los pobres, ya que el kirchnerismo y sus amigos se han quedado con la mejor porción. Aun si esta primacía de la distribución sobre la inversión hubiera sido honesta y no mentirosa, igual nuestro país se habría quedado sin la gran corriente inversora que necesita para desarrollarse. El mecanismo principal del cual se ha valido el Gobierno para lograr su contraproducente reparto de los recursos ha sido el intervencionismo en los precios del mercado a cargo del emblemático Moreno. Arrebatando entonces la expectativa de una rentabilidad razonable a los empresarios verdaderamente competitivos, lo que ha logrado el kirchnerismo es que éstos, desalentados, hayan empezado a irse del país. Al término de 2008 y 2009, se habrán fugado 43.000 millones de dólares. ¿Es éste acaso el clima de negocios que el país necesita para desarrollarse?

La adhesión del Gobierno al modelo de "distribución en vez de inversión" es, por consiguiente, un obstáculo decisivo para conseguir que el país no quede anclado en "el alfajor". Pero, respondiendo como responde a un preconcepto instalado en las profundidades del kirchnerismo, es imposible que a resultas de esta ideología, de acuerdo con la cual el ejemplo por seguir es Chávez y no Lula, a quien el kirchnerismo percibe aunque no se atreva a confesarlo como la "punta de lanza" del imperialismo capitalista en América latina, el país se reencauce en dirección del desarrollo económico.

¿Anarquía o poliarquía?


Si en el tiempo que le queda Kirchner usa su "poder residual" para frustrar la gestión de quien resulte al fin su sucesor, a nuestro país lo esperan horas sombrías. ¿Volveremos, quizás, a un 2001? ¿Podrá impedirlo, en todo caso, la ascendente oposición? El inquietante aumento de la pobreza, la crisis fiscal de un gobierno que ya no está pagando sus cuentas a gobernadores, intendentes y proveedores, el agotamiento de la insostenible red de subsidios que el kirchnerismo había tejido, la emisión encubierta y el posible desplazamiento de los ahorristas en dirección del dólar, ¿podrán ser detenidos a tiempo? Si la intención de Kirchner es dejar tras de sí una "tierra arrasada", la única esperanza que le queda al país es la urgente convergencia de los opositores. ¿Hay señales de que esté ocurriendo?

A los opositores de todo signo habría que recordarles que su prioridad no es todavía ganar las elecciones presidenciales de 2011 sino, antes, ganarle a Kirchner. Sólo después les habrá llegado el momento de competir entre ellos. Si las tensiones políticas, económicas y sociales que nos han empezado a rodear se agravan en los próximos meses, ¿es imaginable al contrario una peligrosa acentuación del desorden político en que el que ahora nos hallamos? En 2001, cuando caía De la Rúa, el país experimentó la angustiante sensación de la anarquía. Para evitar que ella regrese a nosotros, es necesario que la oposición, dejando de anteponer 2011 a 2009, el carro delante del caballo, vaya conformando una poliarquía, esto es un pluralismo republicano en lugar del hegemonismo que Kirchner impuso en 2003. A la inversa de la anarquía, que significa que "no hay poder", deberíamos transitar hacia la poliarquía (que "varios comparten el poder") para superar tanto la ausencia de poder como su abuso, que nos afectaron en los últimos años. Este es el desafío de la oposición y de los argentinos, con la mirada puesta en la democracia republicana y estable que aún nos debemos.

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