miércoles, 12 de diciembre de 2018

EL MITO MAPUCHE DEL PARAÍSO PERDIDO

"Miles de años antes que cualquier descendiente de europeo soñara en conformar un estado independiente de los regímenes de gobiernos con visiones monárquicas e imperiales, nuestro Pueblo Mapuche se desarrollaba armónicamente en este territorio".
Proclama Mapuche-Tehuelche / 15 de julio de 2004.

"Nos pensamos como un pueblo cuyos principios y valores son antagónicos a los de un sistema mundial que ha desarrollado una ideología de devastación y muerte. El capitalismo extractivista, gestionado por los Estados, expande su control sobre el planeta. Entendemos que somos cientos o miles de pueblos, de naciones, que estamos controlados por un puñado de Estados".
"Coexistimos en este territorio por miles de años, algo tenemos para decirles: la lucha Mapuche no es una lucha egoísta; la defensa del territorio nos sirve a todos porque es una lucha por la vida, para las próximas generaciones".
Proclama Mapuche-Tehuelche / 26 de Noviembre 2018.

Al menos en dos ocasiones, 15 de Julio de 2004 y 26 de Noviembre de 2018, el Congreso de la Nación Argentina habilitó en su ámbito la lectura de sendas proclamas mapuches - tehuelches.

Dos panfletos escritos con la finalidad de alentar el secesionismo indigenista, que parten de una falsedad histórica madre: el mito del paraíso perdido.

Conforme a ese mito, se pretende la existencia de una cultura mapuche con miles de años de arraigo en el territorio que, como fruto de su sabiduría, vivía en total armonía con la naturaleza. Todo lo cual es una construcción ficticia que, con origen en los lamentos de los derrotados por la Pacificación de la Araucanía en Chile y la Conquista del Desierto en Argentina, derivo en una lisa y llana mentira elaborada con fines políticos que trascienden largamente lo indígena.

La evolución social del territorio americano, desde mucho antes de la llegada de los españoles, se regía por las reglas de la conquista, en virtud de la cual se constituyeron los imperios Azteca, Maya e Incaico. La expansión imperialista de esos Estados / civilizaciones, descarta cualquier idea naif de una vida pacífica e idílica interrumpida por los españoles. Las tribus indígenas conocían de guerra, matanzas, sacrificios humanos y esclavitud, por lo que el miedo era parte palpable de su realidad, lo cual contribuyó a la dinámica de los movimientos migratorios.

Para el momento en que Francisco Pizarro se apoderó del Cuzco muchas tribus habían evitado someterse al Inca escapando y adquiriendo en ello hábitos nómades, que es decir vida de subsistencia como cazadores y recolectores, en una marcha forzada por el terror. La imposibilidad de adquirir hábitos sedentarios estaba dada por la certeza de la expansión incaica, por lo que afincarse, establecerse, afirmarse en un territorio concreto, era sucumbir al dominio y crueldad de una sociedad más evolucionada y, por ende, mejor organizada para la guerra.

No fue la armonía con la naturaleza haciendo que brotaran de la tierra, sino el miedo al Inca, lo que puso a los araucanos en el lugar donde los encontraron los españoles. Tan así, que la expresión "Huinca" usada por diversas tribus para referir al español y al blanco en general, significa "nuevo Inca", que es decir nuevo conquistador.

Queda desmentida entonces la pretensión de originarios que, como "brotes de la tierra", habitan "su territorio" desde hace miles de años. Llegaron caminando, como otros llegaron en barcos. Aclarado el punto, se cae también la supuesta sabiduría ancestral del estilo de vida armónico y feliz con la naturaleza en una cosmovisión de protección al medio ambiente.

Los araucanos apenas pudieron esbozar un orden jurídico primitivo, el Az Mapu, cuyo contenido es en esencia una serie de prohibiciones, convalidando creencias animistas, para no detener su escape. No podían asentarse, porque hacerlo los colocaba en situación de sucumbir ante la conquista del Inca que, finalmente, concretó el huinca. Esa negación de cualquier hábito sedentario establecía un orden rígido, opresivo, dominado por el miedo y rechazo a cualquier idea innovadora. En absolutamente todos los órdenes de su infeliz existencia, los araucanos tenían el mandato tribal de seguir obrando tal y como lo venían haciendo, generación tras generación.

Aquella, una cultura rasa que ya era primitiva y atrasada en tiempos prehispánicos, hoy pretende ser exaltada en forma idílica como una existencia feliz. Hay en esto un claro paralelo con el mito bíblico del paraíso perdido, porque ese araucano temeroso del Inca y de las fuerzas de la naturaleza era tan elemental que prácticamente carecía de conciencia individual, vivía sumergido en un cuasi estado de naturaleza.

Su falta de organización pre-estatal, la sucesiva resistencia al Inca, al español y finalmente a Chile y Argentina, hacen que el reclamo de los que luego, en tiempos recientes, dieron en llamarse "mapuches" (brotes de la tierra), tenga sustento irracional desde que se pretende un absurdo: volver a algo imposible de restaurar desde que nunca existió.

El mito mapuche del paraíso perdido, a pesar de su manifiesta falsedad y por ello mismo, es fuente de un inagotable resentimiento para quienes lo creen, compatible con la prédica y el accionar de grupos anarquistas que, a su vez, dado que la anarquía es el ideal de los imbéciles y la antesala de la dictadura, sirven a los propósitos de la izquierda totalitaria.

Ese resentimiento, la fuente del odio que lleva a conductas irracionales y violentas, es explotada por los comunistas con lógica gramsciana y desde la perspectiva de Laclau, para proyectar un conflicto enteramente artificial, tan útil a la izquierda como a los intereses británicos en el Atlántico Sur.


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha
www.plumaderecha.blogspot.com

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