sábado, 12 de febrero de 2011

La Cuba de Raúl Castro: lo peor de ambos mundos

Con el Sexto Congreso del Partido Comunista cubano a la vuelta de la esquina, Raúl Castro parece incapaz de explicar a los marxistas ortodoxos el sentido de sus muy acotadas reformas económicas.


Por Carlos Alberto Montaner

La Revolución, nos dice Montaner, ha perdido coherencia y revela más que nunca el absurdo de sus presupuestos. Raúl Castro ha convocado al Sexto Congreso del Partido Comunista cubano. Ya se siente firmemente en control para manejarlo a sus anchas. En Cuba no hay más poder que el suyo y, por delegación, el de la media docena de generales con los que controla la autoridad, toda la autoridad, auxiliado por su hijo Alejandro Castro Espín, un coronel de los servicios de inteligencia formado en la desaparecida Unión Soviética y presunto heredero de esta dinastía de militares.

Eso fue verdad en el pasado, pero ya no es así. Es una tragedia que les suele ocurrir a los ancianos cuando se deterioran ostensiblemente. Los que ayer se les subordinaban solícitos, dejan de hacerles caso. Periódicamente, sin embargo, Fidel suele reunirse con Hugo Chávez para aleccionarlo sobre técnicas de supervivencia política y para planear la conquista del planeta, como si fueran dos siniestros personajes escapados de un cómic de Batman. Chávez, al contrario de Raúl, mantiene su deslumbrada admiración por el comandante y se considera su hijo putativo y su heredero moral.

¿Y Fidel? Fidel solo conserva un rol simbólico y se entretiene jugando al gran estadista internacional, preocupado por el estallido de una guerra nuclear desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán, o por el asesinato inminente de algún amiguete del socialismo del siglo XXI perpetrado por la cia. Convertido en una especie de Casandra caribeña, profetiza todas las catástrofes. Nadie le hace caso, pero se preocupa tiernamente por el bienestar de sus hijos revolucionarios. Raúl, mientras tanto, simula que lo obedece y, obsequiosamente, repite como un mantra que sus iniciativas, en realidad, son todas de Fidel, algo que, sin duda, es falso.
En todo caso, el Sexto Congreso se reunirá en la segunda quincena de abril de 2011. Su función será legitimar la voluntad de Raúl. Ya era hora. El Quinto se celebró hace 13 años, en 1997. El Cuarto transcurrió en 1991. De acuerdo con el reglamento del partido, esos congresos generales deben realizarse cada cinco años, pero los hermanos Castro los reúnen cuando les parece útil. ¿Qué va a suceder en el próximo? Es importante describir lo que ocurrió en los dos congresos previos para poder predecir qué sucederá en el siguiente. Al fin y al cabo, los actores y el guión son casi los mismos.

Los congresos previos

El congreso de 1991 coincidió con la debacle del marxismo-leninismo. Fue una ceremonia ritual contra la perestroika dedicada a ajustar el régimen cubano a la nueva realidad. En 1989 los alemanes habían derribado el muro de Berlín, mientras se resquebrajaba todo el mundo comunista surgido tras la Segunda Guerra Mundial. En ese congreso, celebrado hace dos décadas, Fidel Castro, tras declarar lo que desde entonces se llama Periodo Especial, enfrentado al callado criterio de la clase dirigente y de casi todo el país, ratificó su adhesión al comunismo ortodoxo y aseguró que Cuba “se hundiría en el mar” antes que abandonar esta ideología. Con la fiereza que lo caracteriza, al final del congreso dio los gritos rituales en favor del marxismo-leninismo, de la patria y de la muerte.

No obstante, el fin del subsidio soviético, entonces calculado en unos 5 mil millones de dólares anuales, obligaba al gobierno a hacer ciertas concesiones ante la crisis que atravesaba la isla: el colectivismo había demostrado ser desastroso y el nivel productivo del país era tremendamente bajo. ¿Qué se podía hacer? Decidieron aceptar ciertas inversiones capitalistas foráneas, pero en sociedad con el gobierno cubano. Si algún inversionista extranjero quería beneficiarse de la mano de obra cubana o de ese mercado cautivo, tendría que asociarse al Estado comunista para explotarlos conjuntamente. Con el objeto de premiar a sus partidarios más leales, y por su habitual paranoia política, el gobierno colocó como sus representantes en estas empresas mixtas a numerosos militares jubilados de los servicios de inteligencia.

En esa oportunidad, Fidel Castro aseguró que bajo su dirección la sociedad cubana no tardaría en recuperar los índices de consumo que le permitían sus privilegiadas relaciones con la Unión Soviética. Como entonces se acentuaba la falta de comida hasta el punto del hambre y la desnutrición, lo que provocó que unas 60,000 personas contrajeran neuritis óptica o neuritis periférica, y muchas quedaran ciegas, el comandante se puso personalmente al frente de un llamado “plan alimentario” que supuestamente solucionaría el gravísimo problema de la comida en apenas dos años. Entonces aseguraban que en un quinquenio Cuba habría superado la crisis y el país quedaba como reserva ideológica comunista para cuando el planeta recobrara el camino del socialismo. Fue entonces cuando la oposición describió el experimento como la creación de “un parque jurásico del marxismo-leninismo”.

Por lo demás, las líneas maestras del plan de desarrollo pasaban por potenciar la industria azucarera, explotar intensamente el níquel, crear una gran infraestructura hotelera para recibir millones de turistas (a lo que se habían opuesto durante décadas para evitar la contaminación moral) y exportar masivamente productos de alta tecnología médica creados en los laboratorios del Estado. Al mismo tiempo, fomentarían el envío de remesas desde el exterior, para lo cual despenalizaron la tenencia de dólares y facilitaron las visitas de los emigrantes que hasta ese momento habían sido considerados traidores.

Fue el parto de los montes. La industria azucarera cayó en picado, las exportaciones de níquel, concesionadas a una empresa canadiense, dependían del oscilante precio de ese mineral y no generaban los ingresos esperados, las ventas de productos biotecnológicos fueron decepcionantes, y el turismo, aunque creció gradualmente, no le dejaba grandes ganancias al país porque casi todos los insumos debían adquirirlos en el exterior con moneda dura. A veces, tenían que importar azúcar, bananos y otras frutas de República Dominicana, dado que la agricultura cubana ni siquiera podía servir esos productos tradicionales.

Simultáneamente, la falta de mantenimiento, los huracanes frecuentes y la incuria de unos funcionarios a los que parecía no importarles el deterioro creciente de las ciudades y el campo, iban demoliendo paulatinamente el paisaje nacional al extremo de que los viajeros solían hablar de “un país bombardeado en el que no había ocurrido ninguna guerra”. Un ensayista y narrador cubano, Antonio José Ponte, escribió un magnífico texto llamado Un arte de hacer ruinas que luego sirvió de idea central de un laureado documental sobre la destrucción progresiva del país. En 1997, cuando se celebró el Quinto Congreso, ya era evidente que la fórmula castrista para sostener el marxismo-leninismo no había dado resultados materiales. Seis años después del fin del subsidio soviético y de las nuevas directrices económicas, Cuba seguía empantanada en la miseria, aunque logró detener la caída de la ínfima calidad de vida que experimentaba la sociedad. Así que, poco antes de que se celebrase la reunión, el gobierno les pidió a los militantes que expresaran sus quejas, en lo que parecía ser un ejercicio del “centralismo democrático de abajo hacia arriba” que supuestamente norma las relaciones dentro del partido. Decenas de miles de militantes se atrevieron a dar sus opiniones, descalificando el capitalismo del Estado y pidiendo libertades para crear empresas o para salir y entrar del país sin necesidad de una autorización del gobierno. Si los extranjeros podían tener empresas en la isla, aunque estuvieran asociados al gobierno, ¿por qué ellos no podían hacer lo mismo?

Todo fue inútil. El Quinto Congreso del partido reiteró la línea ortodoxa, Fidel Castro insistió en que el país no se apartaría un milímetro del marxismo-leninismo, separó del poder a los militantes que habían exhibido tendencias reformistas con demasiada vehemencia, y vaticinó el próximo fin de las sociedades capitalistas como consecuencia de sus contradicciones internas. Ni siquiera se tomó el trabajo de explicar por qué había fracasado el plan alimentario, por qué se estaba hundiendo la industria azucarera y, en definitiva, qué había pasado con aquellas promesas de recuperación económica forjadas en 1991. La sociedad cubana en su conjunto y miles de militantes comunistas en particular se sintieron decepcionados y, en muchos casos, traicionados. Escapar del país de cualquier forma se convirtió en el objetivo principal de millones de jóvenes.

En el verano de 2006, Fidel Castro enfermó severamente y le entregó el poder con carácter provisional a su hermano Raúl, heredero designado desde 1959, segundo secretario del partido y eterno ministro de Defensa. Dos años más tarde, tras una zigzagueante agonía que lo colocó varias veces al borde de la muerte, Fidel aceptó que no podía retornar al poder y renunció a la presidencia, mas, supuestamente, mantendría una gran influencia en las grandes decisiones estratégicas del país.
Aparentemente, Raúl se ocuparía de administrar la dictadura, pero la definición ideológica seguiría siendo la que Fidel concibiera, algo que casi enseguida comenzó a desmentirse con la discreta persecución de algunos connotados fidelistas. Tres de los más importantes funcionarios del gobierno –Carlos Lage, segundo vicepresidente del Consejo de Estado, Felipe Pérez Roque, ministro de Relaciones Exteriores, y Fernando Remírez de Estenoz, su viceministro, los dos primeros del entorno íntimo de Fidel– fueron separados de sus cargos y humillados. A los tres, como trascendió públicamente, se les imputaban actitudes reformistas contrarias a las directrices del gobierno y comportamientos corruptos. En realidad, Raúl Castro quería manejar todos los hilos del poder con sus hombres de confianza: un puñado de militares de alta graduación que lo acompañaban desde hacía décadas. Los fidelistas eran un obstáculo para sus planes.

El congreso que viene

Y llegamos a la víspera del Sexto Congreso. ¿Qué va a pasar? Probablemente, nada significativo, pese a la alharaca desatada. Los mismos líderes con las mismas ideas producen siempre los mismos o parecidos resultados. Ya el gobierno ha hecho circular un documento de 32 páginas en el que describe los nuevos planes económicos, y en el que deja muy claramente fijada su posición con relación al modelo comunista: la esencia del sistema seguirá siendo el colectivismo, la propiedad estatal de los medios de producción, y la planificación centralizada por parte de los burócratas del partido. Explícitamente, ratifican la vieja estrategia enemiga de las libertades económicas. Ni siquiera se dignan mencionar las civiles y políticas.

Se permitirá, eso sí, el trabajo por cuenta propia, siempre que se ajuste a las 178 modalidades en las que tal cosa es posible: alquilar vestidos de novia, actuar como payaso de fiestas infantiles, reparar ruedas de autos, forrar botones y un largo y extraño etcétera. También se podrá montar ciertas microempresas familiares o con pocos trabajadores contratados, dado que el objetivo no es que crezcan y obtengan beneficios, sino que absorban la mano de obra desempleada que el gobierno planea echar próximamente de sus puestos de trabajo.

En los próximos meses, 500,000 trabajadores serán despedidos, pero en menos de tres años Raúl Castro planea aumentar ese número a 1,300,000, el 25 por ciento de la fuerza laboral. El general y sus seguidores alegan que las plantillas están sobredimensionadas con empleados innecesarios que obstaculizan la labor de las empresas, mientras la sociedad padece el “síndrome del pichón” y espera del papá Estado la solución a todos sus problemas, una acusación sorprendente tras medio siglo de implacable persecución a cualquier iniciativa individual. En definitiva, quiere que la economía sea productiva liberándola del peso muerto de estos obreros prescindibles.

Naturalmente, la idea de que en una sociedad aplastada por medio siglo de colectivismo, sin capital, sin insumos, sin experiencia, mediante un decreto presidencial, se puede crear súbitamente una franja importante de trabajadores por cuenta propia o adscritos a microempresas –todos sujetos a una severa presión fiscal y a limitaciones en el crecimiento para que no acumulen excedentes–, no tiene pies ni cabeza, pero forma parte de las nuevas fantasías revolucionarias de un señor que tiene una idea muy vaga sobre cómo se crea la riqueza, cómo se malgasta o cómo se conserva.

¿Qué se propone, en definitiva, Raúl Castro? El general presidente tiene dos objetivos fundamentales que están íntimamente ligados entre sí. El primero es asegurar la sucesión dentro del sistema y con su propia gente. Es falsa la idea de que a los Castro no les interesa el futuro de Cuba una vez que ellos hayan muerto. Los Castro tienen un claro sentido de la historia personal y del país. Han concebido una fantástica narración en la que vinculan la guerra de independencia de fines del siglo XIX con la aventura de la Sierra Maestra. Fidel se percibe como el único heredero de Martí y Raúl se ve como el único heredero de Fidel. Quieren que el gobierno revolucionario perdure. Pretenden que la generación de los hijos de los dirigentes recoja el bastón de mando y continúe la obra revolucionaria.

Pero, para lograr ese objetivo, Raúl cree que el gobierno tiene que lograr que la sociedad cubana sea más productiva y competitiva. Raúl no ignora que la situación económica del país es terrible, circunstancia que ha producido un absoluto distanciamiento entre la inmensa mayoría de la isla, la cúpula dirigente y la mitología revolucionaria. En su primer discurso como jefe del Estado, se preguntó enojado por qué la leche era tan poca que los niños cubanos solo podían tomarla hasta los siete años. Pero esa pregunta podía extenderla a los otros aspectos básicos de la convivencia civilizada en un país moderno: por qué son tan escasas y de tan baja calidad la alimentación, el agua potable, la ropa y el calzado, la vivienda, el transporte, el suministro de electricidad y las comunicaciones. Raúl teme, y con razón, que, muertos Fidel y él, nadie podrá evitar que quienes les sucedan en el poder, por las buenas o por las malas, echen abajo “la obra revolucionaria” como consecuencia de la miseria generalizada que padece la población.

¿Cómo se soluciona o alivia el inmenso inconveniente del fracaso material del país? Es obvio: con un sistema económico más productivo. Hasta Raúl Castro, tras medio siglo de absurdas chácharas revolucionarias, entiende que las sociedades desarrolladas y prósperas, dotadas de un buen nivel de vida, han alcanzado ese perfil como consecuencia de su aparato productivo. Viven mejor porque producen más y porque lo hacen a precios competitivos. El problema, pues, desde la perspectiva de Raúl y sus camaradas íntimos, consiste en hacer más eficiente el sistema comunista de manera que la sociedad cubana admita de buen grado la sucesión dentro de la revolución cuando haya desaparecido totalmente la generación de los padres fundadores.

El fracaso de la reforma

Pero eso es pedirle peras al olmo. El comunismo es improductivo por su propia naturaleza. La planificación centralizada, la propiedad estatal de los medios de producción, el control de los precios y la ausencia de libertades individuales para crear y acumular riqueza, inevitablemente conducen a la improductividad y la pobreza.

Además, el pacto social entre los gobiernos comunistas y las sociedades no está basado en la promesa de una gestión pública eficaz y resultados materiales apreciables, sino en una distribución igualitaria de los poquísimos bienes y servicios que se producen y en la condena y escarnio del que descuelle y posea mejores formas de vida. Sin duda es lamentable, pero el comunismo real es eso.

Cuando Fidel gobernaba, el país vivía miserablemente, mas la defensa retórica de su gestión administrativa contaba con tres ejes: todo el mundo tenía un trabajo, acceso a la educación y a los servicios de salud. A Fidel no le importaba que las empresas perdieran dinero y la producción y la productividad fueran mínimas, sino que todos los cubanos tuvieran un puesto de trabajo y recibieran un salario, aunque fuera casi simbólico. Tampoco le importaba que el sistema de salud se hundiera en hospitales sin anestesia o sin hilos de sutura, o que el educativo careciera de buenos maestros y útiles escolares. Los servicios podían ser pésimos, pero estaban ahí y él se ufanaba de esa presencia constantemente. La legitimidad de la dictadura dependía de ese discurso, convertido en un incesante instrumento propagandístico.

Por otra parte, en vista de que el tejido productivo era irremediablemente raquítico, había dos maneras de justificar esa forma abominable de vivir: el embargo económico de Estados Unidos y, paradójicamente, las bondades de la austeridad revolucionaria. ¿Para qué quería más bienes materiales un buen revolucionario? El consumismo dejaba de ser una aspiración legítima de los trabajadores y se convertía en un pecado propio de la pervertida codicia capitalista instigado por el imperialismo, las multinacionales y otros monstruos de parecido pelaje. Los consumidores, o quienes aspiraban a serlo, eran calificados como amantes de la pacotilla (“pacotilleros”) atontados por el capitalismo corruptor.

La propuesta de Fidel era cruel, pero al menos se sustentaba sobre un sofisma poseedor de una cierta coherencia. La de Raúl es un puro absurdo: quiere que una parte sustancial de los cubanos produzcan como capitalistas, dentro de un sistema esencialmente comunista, abandonando, de hecho, el pacto social entre el Estado y los individuos preconizado por la retórica marxista, mientras renuncia al igualitarismo y acepta el surgimiento de la desigualdad y el consumismo en la manera de vivir de los cubanos.

¿Para qué y por qué defender un modelo de Estado comunista si la forma de gobernar se aleja totalmente de los supuestos marxistas-leninistas? El comunismo tiene una lógica interna: el partido va a construir una espléndida sociedad, el paraíso del proletariado, en la que los medios de producción serán colectivos y las personas, cuando se logre, como profetiza Marx en la Crítica del programa de Gotha, “[trabajarán] cada cual, según sus capacidades, [y recibirán] cada cual según sus necesidades”. Para llegar a ese punto, naturalmente, hay que atravesar la incómoda fase de la “dictadura del proletariado”, hasta arrancar del corazón de las personas los malditos hábitos y costumbres arraigados en ellas tras varios siglos de feudalismo y capitalismo.

Nada de eso queda en pie con las reformas de Raúl. Según su razonamiento, tras renunciar al “síndrome del pichón”, muchos cubanos se ocuparán de ganarse la vida según su talento, suerte y recursos, al margen del Estado, y obtendrán por ello los mejores resultados que puedan, aunque su desempeño económico los aleje del modo de vida general de la nación.

La pregunta obligada que se desprende de todo esto es inocultable: si ya los objetivos no son edificar una sociedad comunista de acuerdo con los postulados de la secta, ¿para qué se conserva el modelo de Estado de partido único y dictadura del proletariado prescritos por el marxismo-leninismo como fórmula de construir ese modelo de convivencia?

No creo que en el Sexto Congreso del Partido Comunista Cubano nadie formule esas incómodas preguntas. Como hicieron en el Cuarto y en el Quinto, los delegados aplaudirán, repetirán consignas y respaldarán sin chistar lo que Raúl Castro decida que se debe aprobar, pero entre los asistentes y entre la sociedad cubana quedará muy claro que la revolución comunista fracasó totalmente y que será imposible mantenerla a flote de manera permanente tras la extinción de la generación de quienes la pusieron en marcha en 1959.

Con razón, los pocos comunistas ortodoxos que quedan en Cuba se sentirán traicionados por Raúl Castro, mientras la inmensa mayoría del pueblo pensará, también con razón, que el hermano de Fidel les ha venido a traer lo peor de ambos mundos: un comunismo sin dádivas clientelistas y un capitalismo maniatado que no permite, realmente, el desarrollo individual y colectivo. No hay un pueblo latinoamericano más desesperanzado y con menos ilusiones que el cubano. Eso es triste.

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