lunes, 24 de noviembre de 2008

La izquierda y la crisis global

Es bueno hoy día, ante el peculiar panorama que presenta el mundo con su crisis cada vez más aguda y galopante, analizar cuál es la conducta que asume la izquierda en sus diferentes vertientes sea marxistas como liberales.

Por Marcos Ghio

Aunque previamente, y debido al caos semántico en el cual vivimos, digamos que no es cierto que solamente el marxismo y el socialismo representen la izquierda y que el liberalismo y el capitalismo en cambio no lo sean. Por izquierda entendemos, a diferencia de lo que en cambio debería ser la derecha, la cual es hoy prácticamente inexistente como corriente de pensamiento, a aquella vertiente que, en tanto da primacía a los fenómenos pertenecientes al mundo material, físico e "histórico", cree consecuentemente como dogmas irrebatibles en el Progreso, la Igualdad y la Democracia entre sus principios fundamentales, los que fueran a su vez sustentados paradigmáticamente por la Revolución Francesa; y en tal contexto ingresa la totalidad de nuestros partidos políticos y la inmensa mayoría de nuestra inteligencia rentada y universitaria. Por derecha en cambio, y por contraste con lo que hoy se utiliza para calificar a tal espectro, habría que entender una corriente de pensamiento que en cambio considera a la realidad que perciben nuestros sentidos externos apenas como un grado determinado de ser; que sostiene que por encima de la misma existe una dimensión superior de carácter metafísico y que los hombres, lejos de ser todos iguales entre sí, se diferencian de acuerdo al grado de percepción que posean de tal esfera. Que por lo tanto, en la medida que existen jerarquías, de carácter espiritual y no material, el régimen normal es la aristocracia o la monarquía, en donde son los mejores y superiores los que gobiernan y no la mera mayoría numérica y circunstancial; y que la humanidad en la medida que ha perdido tales percepciones superiores de lo real, siendo incapaz ya de comprender tales cosas, se encuentra en un profundo estado de decadencia.

Recordadas estas cosas elementalísimas, a lo que estamos obligados a hacer debido a la lamentable situación de ignorancia en que se encuentra hoy en día sumido nuestro mundo, prosigamos ahora con nuestro propósito inicial, señalando el estado de verdadera conmoción interna y debate que se ha suscitado en el seno de nuestra izquierda debido a los acontecimientos por todos conocidos. Días pasados, en ayuda de tal tarea no siempre interesante, ha salido una publicación titulada Contraeditorial que nos edita a la manera de contraste los diferentes puntos de vista en que hoy se encuentran confrontados los exponentes más significativos de tal corriente.

Así pues, mientras que el trostskysta Altamira nos señala que la crisis actual del sistema económico capitalista es irreversible y sin vuelta atrás y que no hace más que cumplir con las profecías de Marx de que el mismo habría de sucumbir tarde o temprano víctima de sus contradicciones internas dando paso al socialismo, es decir al gobierno de la clase proletaria, y se lamenta de que, luego de la caída del Muro de Berlín, ya casi no quedan socialistas ortodoxos, pues en su mayoría, a la manera gramsciana, trataron de marxistizar el sistema haciéndolo más digerible para sus ideas; el postmarxista Muracciole, es decir uno de aquellos a los que alude el jefe del Partido Obrero, no cree que esto suceda necesariamente y recuerda cómo ésta era también la convicción que tuvieran los espartaquistas y tantos otros grupos extremos desde comienzos del siglo pasado en donde el capitalismo, cuando parecía haber estado al borde de su disolución, demostró en cambio tener energías suficientes como para reinventarse y volver a nacer. Una postura similar a la de Altamira es la del marxista yanqui Jaime Petras quien cuestiona que los regímenes populistas de América Latina como los de Chávez, Morales y Correa sean verdaderamente socialistas en tanto que hace notar cómo han realizado negocios con el mismo capital especulativo; a lo cual distintos 'postmarxistas' como Laclau, quien desde su cátedra en Inglaterra se ha convertido en el ideólogo principal del kirchnerismo, manifiestan lo que siempre los populistas o espontaneistas le han contestado a los ideologistas, utilizando los léxicos propios de la izquierda: que en verdad la realidad es "dialéctica" y problemática y no se ajusta necesariamente a la idea que uno tiene, que hay que ser gradualista y saber aprovechar y adaptarse a los acontecimientos, por lo que el populismo en los regímenes del Tercer Mundo explotado puede presentarnos vetas revolucionarias aprovechables para el socialismo, tal como sucediera con el peronismo.

Digamos al respecto que, a pesar de que la realidad que hoy vivimos en el mundo es inédita, este debate entre izquierdistas, aunque hoy haya recrudecido por tal circunstancia, es viejísimo y está desde que la izquierda existe en la Argentina. Es el conflicto permanente que siempre la ha dividido entre la primacía del programa o los principios y la cruda realidad que no necesariamente los imita. Ya hace más de 150 años el primer socialista argentino, Esteban Echeverría, autor del Dogma Socialista que influyera notoriamente en nuestra actual Constitución, manifestaba que, si bien era cierto que en el pueblo se hallaba la fuente de la soberanía y verdad de todas las cosas, es decir el socialismo, había sin embargo que distinguir entre "pueblo racional" y educado en tales ideales y "pueblo instintivo", es decir aquel que por no haber recibido los conocimientos necesarios actuaba en contra de sí mismo y por lo tanto precisaba de la tutela provisoria del "pueblo racional" para enmendarse. Idea ésta no muy diferente de la sustentada más tarde por Lenin en la Revolución Rusa cuando manifestara que una cosa era el partido que representaba los "intereses históricos del proletariado" y otra muy distinta era el proletariado "sin conciencia de clase", es decir la mayoría, el pueblo irracional, que debía ser educado. Y yendo más hacia atrás nos encontramos hasta con el mismo Marx quien manifestara que, si había que optar entre la burguesía de un país capitalista y el proletariado de uno que aun no lo era, de acuerdo a la escala dialéctica evolutiva que gobernaba a la historia, era al primero al que había que elegir; lo cual suscitaba las iras de su colega Bakunin en la Primera Internacional, el primero de los populistas, quien en un acalorado debate lo acusara por tal cosa de alemán, judío y reaccionario.

Aunque en verdad el origen del problema habría que encontrarlo en el mismo apotegma de la filosofía de Hegel en el que se inspiran todos nuestros marxistas. El filósofo alemán pretendía haber resuelto para siempre los eternos conflictos entre el ser y el deber ser en su famoso aserto de que en la Historia "todo lo real es racional y todo lo racional es real". Es decir que el río de Heráclito, el mundo del devenir, representaba el verdadero manantial del que nuestra razón abrevaba la verdad y no las cerradas especulaciones abstractas de una mente aislada y separada del mundo. Sin embargo dicha filosofía, a pesar de pretender resolver antiguos problemas del pensamiento occidental, generaba una nueva contradicción y ésta era respecto a de en cuál de estos dos conceptos de los que componía su juicio había que poner el acento. Si una cosa era racional porque era real o si a la inversa era real porque era racional. Así pues el hegelianismo, lejos de haber resuelto el problema del antagonismo entre el ser y el deber ser como pretendía, dio siempre lugar a dos vertientes contrastantes, la de aquellos que consideraron que lo que hacía racional una cosa era el hecho de que fuera real y existiera y la de los otros que en cambio consideraron a la inversa que lo que la hacía verdaderamente real era que fuera racional. En el primer caso es que podemos ubicar a todos los populismos que nos ha dado la historia y a sus consecuentes ideólogos marxistas. En el segundo encontramos a personas que, partiendo de Echeverría hasta Altamira, preeminencian la doctrina sobre los hechos. Así pues si el marxista Sebreli por ejemplo desde esta última perspectiva alaba la conducta de Marx quien en relación a nuestra guerra de independencia americana apoyaba a la Santa Alianza con la excusa de que la burguesía que en el propio país es reaccionaria en los periféricos y atrasados es en cambio progresista pues les trae bienestar y con esta misma idea fue que apoyó la dominación británica en Malvinas pues con su victoria nos trajo la democracia, mientras que en cambio nuestro nacionalismo era regresivo y reaccionario; el también marxista Feinman asiduo publicista de Página 12, critica en cambio esta misma actitud de Carlos Marx en nombre de un apoyo incondicional al populismo y a la lúcida expresión de su líder argentino de que "la realidad es la única verdad", es decir la manera empírica de aceptación de la primera interpretación de la doctrina hegeliana de que lo que hacía una cosa racional y verdadera era que fuera real, que triunfara y se impusiera históricamente. Feinman y Laclau, populistas y por lo tanto kirchneristas provenientes del marxismo, sostienen que es el pueblo a secas, sin el aditamento de racional que le daba Echeverría, el poseedor de la verdad, aunque ésta pueda presentarse de manera fragmentaria e incompleta, pero para ello se encuentran los ideólogos cuya función es darle forma a la misma, interpretarlo y no educarlo como pretendiera Echeverría y hoy Altamira y Sebreli quienes en cambio preeminencian los principios por sobre la "realidad histórica" que puede ser "reaccionaria".

La crítica al marxismo debe partir pues de la crítica a Hegel y a la modernidad en su conjunto. No es verdad que la Historia sea la expresión de la Idea, sino, tal como dijera Platón entre otros grandes, se trata de una distorsión de la misma. Lo "real" al cual se refiere el moderno no es "racional", sino "irracional", instintivo, "populista"* y por lo tanto debe ser corregido y cambiado, aun bajo la acusación de a-histórico. No queremos bañarnos en el río de Heráclito como hacen los liberales y marxistas.

* En un tedioso libro titulado "La razón populista", que pareciera escrito para desmentirlo a Echeverría, Ernesto Laclau, un ex trotsksta seguidor de Abelardo Ramos, pero ahora radicado en Inglaterra en una cátedra universitaria desde la que se califica como postmarxista, es decir un marxista postmoderno, manifiesta que en el pueblo ineducado en el marxismo hay una racionalidad que se acerca espontáneamente hacia dicha ideología y por lo tanto que habría que apoyar, tal como hiciera en su momento su maestro Ramos con el peronismo. Se trataría pues, utilizando un lenguaje puesto en boga por Vattimo, de un "marxismo débil".

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