lunes, 20 de julio de 2009

El tímido comienzo de la transición

El gobierno de los Kirchner corre hacia su fin. Después de haber recibido su primera herida el 17 de julio de 2008, hace un año y dos días, con el voto del vicepresidente Cobos en el Senado, una segunda herida lo alcanzó el pasado 28 de junio.

Por Mariano Grondona

Si el gobierno de los Kirchner hubiera reaccionado con humilde realismo tras su derrota frente al campo en el Senado, la primera herida podría haber cicatrizado porque no era mortal. Pero los Kirchner no cambiaron, insistiendo al contrario en lo que siempre habían hecho, doblar la apuesta con la esperanza depositada, esta vez, en las elecciones del mes pasado. En ellas, ya no Cobos sino el pueblo les bajó el pulgar. Al revés que la primera, esta segunda herida promete ser mortal porque, en democracia, vox populus vox Dei, "la voz del pueblo es la voz de Dios".

Hace veinte días, la voz del pueblo desahució al gobierno de los Kirchner. No sólo terminó para ellos el sueño de las reelecciones indefinidas que compartían con Chávez; apenas si pueden aspirar ahora a completar el actual mandato presidencial con el calculado auxilio de una oposición que, apoyada por la mayoría y a punto de adueñarse del Congreso, no quiere darle al kirchnerismo ni siquiera el gusto postrero de declararse víctima de la "vieja política". El 10 de diciembre de 2011 la Casa Rosada tendrá un nuevo ocupante. Podrá ser Reutemann, Cobos, Macri o algún otro, pero ya no portará el apellido de la pareja presidencial. Las energías del proceso político argentino se concentran desde ahora en determinar el nombre del sucesor.

Sería un error suponer, por otra parte, que este proceso desembocará en un simple "cambio de gobierno". Llamamos "gobierno" a la agencia que tiene a su cargo la administración de un país. Llamamos "régimen", al contrario, al sistema que determina la "forma" de un gobierno; su naturaleza y su estilo. Los Kirchner no han sido un gobierno sino un régimen. No sólo es el gobierno, es el régimen de los Kirchner el que corre entonces a su extinción. El régimen que define nuestra Constitución es la presidencia democrático-republicana donde el pueblo elige un presidente sin duda fuerte, pero condicionado a su vez por el control del Congreso y del Poder Judicial. Este régimen no ha sido el de los Kirchner. Alguna vez se lo ha llamado dictadura intrademocrática porque en ella, si bien los poderes no presidenciales existían formalmente, los legisladores y los jueces, pasando por los gobernadores y la propia Presidenta, estaban subordinados a la voluntad omnímoda de un hombre. Era una "dictadura" porque todos los que estaban al lado de Kirchner se subordinaban sin chistar a él. Pero era una dictadura "intrademocrática" porque las demás instituciones sobrevivían aunque fuera precariamente. Un miembro vital de esas instituciones es el pueblo. Y es el pueblo el que, reasumiendo su soberanía, le ha dicho que no al dictador intrademocrático en los comicios del 28 de junio.

La restauración

Al comenzar su retirada, los Kirchner empiezan a dejar libre el espacio constitucional que hasta ayer usurpaban, permitiendo así que empiece a renacer la república democrática de los argentinos. El ocaso de ellos no será entonces ni un mero "cambio de gobierno" ni tampoco una "revolución". Lo que ahora empieza es una restauración: la reinstalación de la forma institucional que nos había habitado desde 1983 hasta 2003. En su transcurso, por definición, ya no habrá mandones sino una constelación de poderes que se limitarán y controlarán recíprocamente. A partir de 2011 habrá por cierto un presidente y ojalá que sea un presidente "fuerte" como el que quería Alberdi, el diseñador de nuestra Constitución, pero ya no un "dictador intrademocrático", y esto a un punto tal que el signo común de todos los presidenciables que hemos mencionado es la moderación, esto es, el respeto por la opinión de los demás, con los cuales empiezan a dialogar. Es que, como lo advirtió Cicerón, ese último moderado que precedió al advenimiento autoritario del imperio, "la ley suprema es la salvación de la República".

Por eso la palabra que ahora preside el ir y el venir de nuestra vida política ha pasado a ser el diálogo. Derivada de una palabra griega compuesta del prefijo dia- , que significa "entre varios", y la voz logos, que significa "razón", esto quiere decir que, cuando impera el diálogo, quienes comparten el poder en una democracia republicana razonan "entre varios" sin que nadie aspire, ya, a monopolizar la razón.

Lo que falta explicar ahora es la fulminante conversión del kirchnerismo de la anterior pretensión de monopolizarlo todo a esta nueva disposición a dialogar con los que piensan distinto que están mostrando las reuniones casi cotidianas entre los referentes políticos más diversos, que se desarrollan ante nuestros ojos. ¿Cómo interpretar este giro copernicano del kirchnerismo?

¿Cambia el kirchnerismo?

Hay dos interpretaciones a la mano. Una, a la que llamaríamos minimalista, sostiene que ni Kirchner ni su férreo dominio de los que lo rodean, en el fondo, han cambiado. Kirchner seguiría igual a sí mismo. Lo que ahora procuraría, apretado por las circunstancias, es ganar tiempo acudiendo al diálogo como a una vasta maniobra dilatoria. Habría sido él entonces quien les ordenó a sus seguidores incondicionales que finjan un nuevo diálogo con la oposición, con la idea, que también tuvo después de su derrota frente al campo, de madurar su revancha. Esta táctica tendría la ventaja de desgastar mediante el anuncio del diálogo a la propia oposición, cuyas huestes podrían dividirse así entre los "duros", que no admiten ni siquiera encontrarse con los representantes de un gobierno en retirada, y los "blandos" que, si bien tampoco confían en el Gobierno, no querrían cargar con la culpa por el fracaso eventual de los encuentros que ahora se multiplican. Según el escenario que intuyen los "minimalistas", en algún momento el Gobierno denunciaría este fracaso, adjudicándoselo a la oposición. Esta expectativa de los Kirchner sería en todo caso frágil porque, como lo ha señalado Rosendo Fraga, el Gobierno ya perdió la guerra aunque pueda ganar, todavía, algunas batallas.

Para los maximalistas, en cambio, la "conversión" del Gobierno en dirección del diálogo es real porque el propio Kirchner ha advertido que su posición es ahora insostenible y que, si se obstina en negarlo, sus propios seguidores hasta ayer incondicionales se le podrían sublevar. Sería en ese momento que los Scioli, los Fernández, los Rossi y hasta los Randazzo podrían dar un súbito portazo. Los maximalistas creen por lo visto que, en función de las circunstancias que ha creado la derrota electoral del 28 de junio, dos cosas son probables: primero, que el Gobierno de los Kirchner, aun contra su voluntad, empiece a cambiar, y segundo, que en la oposición prevalezca la larga paciencia de "correrlo para el lado por donde dispara" hasta dejar que su derrota produzca al fin los frutos que ella espera, sin darle ningún margen para echarle la culpa por los tiempos política y económicamente tormentosos que nos esperan de aquí a 2011.

Sea cual sea la forma que adopte el final de los Kirchner, lo cierto es que el protagonismo del que hasta ayer gozaron le cederá el paso al protagonismo de sus opositores, a quienes todavía les falta demostrar que la renaciente república democrática no es sólo probable sino también capaz de evitar, gracias a un fecundo aprendizaje, que la catastrófica experiencia de la Alianza en 2001 se repita. Sólo entonces la república democrática que anhelamos nos abrirá sus generosos brazos.

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